Aún me imagino sus pasos apretados, apresurándose por el corredor, bajando las escaleras enfurecido y mentando madres al perro que siempre le ladra al salir.
Se caracteriza por ser un poco violento, pero esta vez tuvo razón para enojarse. Lo dejé plantado, se me olvidó que habíamos quedado para comer juntos porque tuvo un ascenso en el trabajo.
Él nunca entiende que para mí es especial y que no necesito estarlo alardeando constantemente. Le dije que lo lamentaba pero tuve cosas que hacer con Armando, un sujeto que le cae mal porque asegura quiere cogerme en el estacionamiento de la oficina.
No sé de dónde saca esas ideas. Si fuera bien puta como él sugiere, ya lo hubiera hecho. Lo que más me duele de que Antonio se vaya es pensar que esta noche dormiré sola. Hace mucho frío, de ese que te da martillazos en los huesos.
Por eso he decidido llamarle a ver si me contesta. Mientras tomo el móvil recapacito y pienso que si no me contesta a los cuatro tonos -de seis, no hay que ser pesimistas- voy a colgarle y a dejar que de una buena vez se largue. Comienza a sonar, está ocupado. Seguramente está hablando con alguna de sus amigas a las que enternece con sus problemas maritales. A veces pienso que es un inmaduro porque además de no comer bien, le cuenta al mundo entero de lo que padece en casa, que si me dejan defenderme diré que no es mucho.
Quizá a veces no le doy la atención que necesita, porque ni siquiera la merece. El tampoco es un digno representante del compañero ideal. El año pasado Antonio recibió un lindo regalo de 3er aniversario: una chamarra verde -que por cierto nunca se quita- y una tarjeta donde traté de escribir algo infalible para que supiera que realmente lo amo.
A cambio él me dio una paleta Payaso y un beso de buenas noches. ¿Qué mujer ha de querer eso en una noche “especial”? ¿Es en serio que por vivir y soportarle en casa sólo merezco una paleta de bombón cubierta de chocolate con ojos de gomita? Antonio ni siquiera recordó que no me gustan las paletas Payaso, y que -como siempre- había comenzado la dieta.
Es triste. Me siento sola. Decido tomar nuevamente el teléfono. Continúa ocupado. Se acabó. Le llamé a Germán.
***
Luego del mal recuerdo decidí salir con Germán. ¿Qué quién jodidos es Germán? Ni yo misma sé. Me parece que lo conocí por una red social. Después coincidimos en alguna fiesta y nos hicimos amigos.
Puedo decirles que es un hombre delgado, tiene 29 años, ojos verdes y dos hijos. El cabrón ni siquiera recuerda el nombre de la mujer a la que dejó embarazada el año pasado.
Vivía en Culiacán y después de la pelea que tuvo con su familia por el reclamo de embarazar a dos en un mismo año, decidió mudarse a la ciudad. Somos amigos, me hace reír con su humor ácido y yo me dejo llevar por los dulces que me comparte.
Si Antonio supiera que los miércoles no salía con Naty -mi mejor amiga- y que en realidad me largaba con Germán, su amenaza de regresar sería definitiva.
-Súbete por atrás pendeja, la puerta está atorada- me dice luego de recogerme en Insurgentes y Avenida la Paz. -A huevo, estás triste y quieres que mis pequeños amigos te hagan sentir la compañía de 10 duendes ahogados- continúa taladrando mientras me subo al carro.
-¿A dónde me vas a llevar imbécil? Si, cabrón, según Antonio no va a regresar ni aunque le compre un auto como este. Pero ya, dime a dónde me vas a llevar- adelanto antes de qué me pregunte desinteresadamente.
Germán no me contestó. Arrancó rápidamente y subió el volúmen de la música. Retornó por Insurgentes y se dirigió al Centro. Mientras la música fluye me pongo a pensar que si Antonio conociera a Germán ni siquiera se pondría celoso.
En realidad es un hombre feo, afortunado por su convertible rojo, al que nunca le funcionan las puertas y uno termina saltando como chapulín para poder entrar y acomodarse en la parte trasera. Cuando llueve es un lío.
A pesar de su mirada fulminante y su inteligencia envidiable, Germán tiene problemas emocionales, jamás pensaría en tener una relación con él.
-Germán ¿a dónde vamos?- le grito, interrumpiendo al propio Morrison al ritmo de Light My Fire. Él accede y baja el volúmen.
-Por tus pinches dulces porque no los traigo, es por lo único que me buscas, pero así te quiero cabroncita- me asecha con un beso en la mejilla mientras desatiende el parabrisas.
-Ya cabrón, vamos a chocar- le insisto mientras le volteó la cabeza con un empujón fulminante.
*****
Llegamos a “La Vecindad”, justo en la calle Moneda, muy cerca de la Catedral Metropolitana. El frío sigue atacando mis huesos y pienso en cómo me gustaría un abrazo de Antonio. Germán me saca del trance -ya bájate mi reina, salta- me tiende la mano y me abraza.
-Ya no estés triste, vamos a darle, yo no te voy a dejar sola-.
A pesar de que no me gusta, sus palabras me cayeron bien, es un buen amigo. Entramos y el olor a marihuana me pone imbécil. Alcanzo a distinguir a tres sujetos mal parados entre la nube de humo pestilente.
-Qué pedo cabrones- saluda Germán, le sigo con un -Buenas noches-
Germán me toma de la mano y me lleva a una de las habitaciones.
-Aquí debe estar Israel, es el güey que te dije, me dio los dulces más poderosos y exorbitantes que puedas imaginarte, créeme Cecilia, hoy lo vas a vivir bien y bonito-.
Entramos al cuarto, bajamos unas escaleras y tocamos otra puerta.
-Soy yo papi, ábrame que traigo compañía-.
Del cuarto salió un tipo atractivo, con una camisa a cuadros, lentes negros de pasta, jeans y zapatos lindos. Me sonríe, le regreso su atención con una mirada tímida.
-Soy Cecilia, amiga de este malparido- Él sonríe.
-Vaya cabrón, hasta que me traes estrellas-
-Es mi amiga, quiere que nos des felicidad- interviene Germán con un susurro.
El lugar es rarísimo: sillones naranjas, paredes negras, el piso de duela súper lustrado, olor a cerezas y al centro un gran pene plateado. Dos mujeres exuberantes están sentadas, diciéndose cosas al oído y riendo como niñas fresas.
-¿Estamos en un putero?- le pregunto a Germán.
-No babosa, es la casa de Israel, ellas son sus primas- contesta.
Decido guardar silencio y no opinar más, de nuevo vuelvo a pensar en Antonio. Él ya debe estar con alguien más.
***
En la mesa hay un mix por demás antojable: coca, marihuana en botes, pastillas de colores, whisky, agua mineral, cucharas, jeringas, estampitas… me asusta un poco.
Germán se sienta a un lado mío y me mira con complicidad como diciendo “te lo dije”. Decido comenzar a platicar con las chicas, pero no me dicen nada interesante.
Me levanto al baño y nuevamente le marco a Antonio. Al final decido colgarle porque me encuentro con Israel.
-¿Te interrumpo?
-No, eres oportuno, me evitas estupideces- contesto.
Me toma de la mano y me lleva a la sala. En la mano trae una bolsa con pastillas beige.
-Una para cada uno. No más. ¿Se la toman aquí o se van a sus casas?
Israel termina su oferta y sin dudar tomo un vaso con agua mineral y trago la píldora.
-Bueno, alguien ya decidió por mi cabrón- me empuja Germán.
Comienzo a sentir pequeños alfileres que recorren la planta de mis pies, uno a uno clavándose. Decido acostarme para evitar enterrarlos. Distingo el “crush” que me provoca la voz de la invencible Janis, incluso me pone húmeda. Le veo las piernas a las primas, distingo que sus pezones están duros, justo como los míos. En mi mente aparece Antonio tocando mis piernas, en el techo distingo aves. ¡Qué mal viaje! estoy caliente.